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Paula

Ya llevo un tiempo pensando en este post. Hay algo que deben saber de mi y es que uno de los regalos más especiales que me pueden dar es un buen libro. He tenido la oportunidad de viajar entre miles de páginas escritas por los más grandes autores hasta hoy. Desde mi compatriota Gabriel García Márquez, hasta los paisajes encantados del español Javier Moro, reviviendo las grandes eras de la India y cerrando con las palabras mágicas de J.K. Rowling, que en algún momento pensamos que sólo se quedaría con Harry Potter, hasta que apareció ‘The Casual Vacancy’ y ‘The Cuckoo’s Calling’ (ambos libros que recomiendo muchísimo).

Puede sonar muy cliché esta pequeña y vaga lista de autores, pero he podido apreciar también los grandes títulos como ‘Anna Karenina’ de Tolstoi o los nuevos autores escribiendo anécdotas adictivas como María Dueñas en ‘El Tiempo entre Costuras’.

Esta vez, le di la oportunidad a un título de Isabel Allende. Desde muy pequeña deje el televisor atrás para sentarme a leer los libros que mis papás me regalaban, que mi familia me prestaba o que sencillamente compraba o encontraba por simple curiosidad. Entre los recuerdos que existen entre las líneas de Isabel Allende, están las mañanas que pasaba leyendo ‘La Ciudad de las Bestias’ o ‘El Reinado del Fuego’. No tengo muy vivo el recuerdo, pero lo que sé es que esos dos títulos fueron mis amigos durante los momentos en que lo único que pasaba por mi mente, era huir de ese escenario real que protagonizaba mi vida.

Casi diez o veinte años después, abrí la primera página del libro ‘Paula’. Muchos me comentaron que era un título triste, difícil de seguir y probablemente aburrido hasta un punto incierto. Pero fue todo lo contrario. La historia de Latinoamérica es narrada por Allende, al punto donde se llega a entender el transcurso de la vida de la autora, iniciando en Perú y dejando su más recientes huellas en las tierras californianas. También aparecen personajes legendarios como Salvador Allende y su alguna vez consejero y buen amigo Pablo Neruda, ambos viviendo y liderando Chile, mientras que la sociedad pasaba por un momento tan difícil que la idea de continuar era el reto mayor (afortunadamente no he tenido que pasar por tal situación).

El libro también lleva esa eterna dedicatoria a la hija de Allende, Paula, también víctima del síndrome de porfiria. Una enfermedad hereditaria y degenerativa, que eventualmente lleva a la disfunción de órganos y recaída total. Las historias narradas por Allende me recordaron la importancia de tener alguien en quien contar cuando se cierran los ojos y no se vuelven a abrir, y en las vivencias que probablemente muchos encontramos insignificantes, pero que cuando menos lo pensamos, son las experiencias que transforman los seres que hoy somos y que llamamos personas, amigos, familia y profesionales.

Las últimas páginas me hicieron derramar un par de lágrimas y admito que resalte una que otra frase para recordar esos datos históricos, que ojalá, algún día me sirvan para contarle a alguien lo que leí y el interés que existe en una conversación fluida. 

El siguiente libro que espera en mi lista, es también uno de Allende y estoy segura que me encantará. Curiosamente, escribí el review del libro antes de leerlo por cuestión de trabajo, y sin querer, con buena sorpresa, el libro ha llegado a mis manos. Seguramente, si el libro termina desvelándome, como lo han hecho muchos otros, habrá un siguiente post acerca del nuevo título.

Una recomendación más. Aprecien lo que hacen. Vivan el día a día. Quieran a los que los rodean y aprecien el cariño y el apoyo que les llega de otras partes. Cuando menos piensan esas experiencias especiales se desvanecen en un dos por tres. No le deseo el mal a nadie ni tampoco espero recibir algo a cambio por lo que he hecho. En lo casi-adulta que me considero, estoy agradecida por lo que he vivido y por lo que me espera. Hay una cima esperando a ser escalada y recorrida con gran pasión y con cada esfuerzo que espera a ser trabajado y desafiado por la ley universal.

paula

 

Para Gabo

Gabriel Garcia Marquez, writer The Colombian writer on occasion of the dialogues 'Iberoamerica: Meeting in Democracy'

Fue durante un jueves santo que Macondo se despidio de Ursula Iguarán. Con su eterna ceguera, la madre, esposa, testigo y guardián de cada generación de la familia Buendía y especialmente de los infinitos amorios que pronto se transformarian en esas anécdotas magicas, dejó huella y marca imborrable junto a una historia de ‘Cien años de soledad‘, que pronto pasaría al legado legendario del folclor colombiano, latinoamericano e internacional. En ese mismo día de su partida, el pueblo fantástico se vistio de luto sin más pensar así, que esa tristeza se repetiría durante ese mismo jueves, pero en un futuro muy cercano y si podemos decir, bastante real.

Después de casi medio siglo o mucho más, Macondo se volvio a vestir de negro, otorgándole una dolorosa despedida a su fundador y creador oficial de esas vivencias inolvidables, que pocos lograran dejar atrás. Es en este breve pero inolvidable tributo donde las lágrimas se derraman de los ojos de Sierva María de Todos los Ángeles, mientras que la luz del día se refleja en sus cabellos rojizos y las mariposas amarillas se esconden entre los arbustos primaverales.

Es también durante este mismo adiós, que el mundo entero le rinde homenaje a un hombre que alguna vez corría por las calles de Aracataca, saciando su curiosidad por las historias que forman los grandes personajes. Cabe resaltar que su vida profesional tomó sede en diferentes ciudades, estableciendo su parada final en la capital mexicana, acompañado de su esposa, familia y más cercanos amigos.

A través de sus años finales, Gabriel García Márquez dejó más que una casa localizada en las calles de San Ángel. Dejó un honor samario para los amantes de la literatura y los universos fantásticos, añadiendo su grandes logros en la casi infinita lista de reconocimientos a nivel global, entre ellos, el Premio Nobel de Literatura, otorgado en 1982.

Orgulloso de su nacionalidad y único en todos sus aspectos, el colombiano nunca tuvo miedo de desafiar los límites de la imaginación. La inspiración la logró descubrir hasta la última esquina del mundo, incluyendo y jamás sin dejar atrás, a Ciudad de México.